LA VELA PUERCA

Este disco supone la primera revisión de la obra discográfica de La Vela Puerca a nivel mundial. De sobra conocidos en el panorama latinoamericano y europeo debido a sus extensas y exitosas giras durante los últimos tres lustros, llegan a nuestro país después de ocasionales incursiones, en un principio acompañando a Marea en algunos conciertos del Piojoso Tour 2007, para después embarcarse en una gira de salas que supuso un triunfo sin parangón para una banda sin ninguna referencia discográfica editada en el Estado. Este último punto queda solventado con esta magnífica colección de himnos. Dieciséis abrazos desde Uruguay que recogen lo mejor de sus cuatro discos de estudio en catorce años de andadura. Su debut se produjo con Deskarado (1998), del que incluyen Vuelan palos y Mi semilla. De su segundo largo, De bichos y flores (2001), podemos encontrar Por la ciudad, Por dentro, El viejo, El huracán y El profeta. De su tercer álbum A contraluz nos encontramos con Llenos de magia, Va a escampar, De atar y Zafar. Y del último hasta la fecha El impulso (2007), y que supuso su consagración definitiva como los grandes ebanistas de canciones que siempre han sido, suenan El Señor, Me pierdo, Clones, Para no verme más y La sin razón.
Explicar lo intenso y emocionante de sus directos lo dejo para los que tengan ocasión de vivir tal experiencia. Yo lo hice en numerosas ocasiones, con la base inquebrantable de Pepe a la batería, Nico al bajo y las guitarras añejas de Rafa y Santi. Los vientos de Ale y Carlos me trajeron aire nicotinado y balsámico, y de las voces de los Sebastianes, Enano y Cebolla, qué decir, pues que cada vez que lubricaron mis lastimados tímpanos me susurraron el secreto de su río, el de la Plata, al que dignificaron el nombre sustituyendo su lodo por el timbre del precioso metal, abrillantándolo, imaginándolo resplandeciente y cegador, como las sonrisas y las miradas de todo el equipo técnico que los acompaña, que merecerían otras cuantas páginas.
He tenido la suerte de comprobar in situ como ochenta mil gargantas les rendían pleitesía en un estadio de Buenos Aires. De cómo erizaban la piel de su ciudad natal en dos noches por las cuales deberían cambiarle el nombre a la misma. De compartir con ellos su grandeza a nivel musical y humano. De ese momento puntual que sucede en el transcurso de alguna de sus composiciones que hiere de muerte y resucita al ojo humano.
Definir su estilo de música se me antoja difícil y a estas alturas innecesario. Uno ya tiene el pubis cano como para bucear en lo que es el rock o el pop o yo que sé. Lo que sigo defendiendo a ultranza es que sólo existen dos clases de música: la que le gusta a uno y la que no. Y a mi La Vela me gusta. Mucho. Nos hemos abrazado y besuqueado mirándonos a los ojos, como se miran esas familias a las que las une lo impuro de su sangre, lo límpido de sus corazones. También hemos visto amanecer juntos en camerinos infectados de ron y me mostraron el sol de Montevideo desde una playa etílica después de una noche de prestidigitadores. Pero eso es otra historia. 
Dije, digo, y visto lo visto, seguiré diciendo, que son la mejor banda de Latinoamérica. Así que si alguna piel dice que eso no es poesía, que suba el demonio y lo vea. Y que los cubatas los pague el Señor.

Kutxi Romero

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